sábado, 14 de noviembre de 2015

En un minuto

El viernes pasado fui a Bora Bora a bailar, como suelo hacer a menudo. Allí me encontré con mis compañeras de danza Fini y Juana. El local estaba lleno porque esa misma noche se dieron cita en el centro de ocio Zig Zag muchas academias de baile de ritmos latinos. Fuera, las llamas de las antorchas que ahora adornan el exterior de este lugar de culto para muchos flameaban como nunca. Las palmeras estaban allí colgadas de los balcones, y había velas por doquier. En el interior del local se repetía la misma temática, y además se encontraban unas telas blancas por todos lados que recordaban a la fiesta ibicenca que se celebró allí para iniciar el verano. En la barra observé unas grandes velas blancas con hermosos pétalos de rosas alrededor. Y allí se habían dado cita varios rostros conocidos. A algunos los conozco por sus nombres, de otros sólo me suenan sus caras. Pero lo que jamás olvido son sus pasos. Tengo fichados a varios que danzan de maravilla y cuando descanso tras bailar unas cuantas canciones veo sus cuerpos fusionarse unos con otros, mezclándose entre la gente. Cada uno tiene un estilo particular, ese que han pulido tras muchas clases de baile e incontables horas en estas (y otras) pistas. También saludo a varios rostros conocidos, y no falta un baile con cada uno de ellos. Tuve el gusto de conocer esa misma noche a varios amigos de Juana también, y con ellos no paramos de reír y danzar. Y en un momento, me senté en una de las banquetas blancas o negras que hay repartidas por toda la salsoteca, y fijé mi mirada en el horizonte. Tras sosegar la respiración, pensé en la enorme suerte que tengo de haber conocido a hermosas y sanas personas gracias a esta pasión del baile. En todo lo que nos une. En todas las tristezas que allí se disipan, y en las alegrías que se multiplican. Cada noche pasan por allí millones de historias ocultas tras los rostros de esos bailarines en los que nos convertimos por un rato, como un niño cuando lee un cuento y se mete dentro de ese castillo para salvar a su princesa. En las sonrisas de las personas cuando hacen una coreografía que parece perfectamente estudiada, en los pisotones que te dan y que nada importan, en esos ojos que se clavan en los tuyos durante los minutos que dura la canción. En todas las historias que conocés y se entretejen día a día, minuto a minuto, segundo a segundo. En esa chica que suspira por un compañero y que en los minutos que dura una canción sabe que él le presta toda su atención, que posa sus manos sobre su cintura y en los que su aire desordena sus cabellos agitados. En esos amigos entrañables que aprenden nuevos pasos gracias a que uno de ellos es un aventajado en esta disciplina. En esos niños pequeños que bailan a un ritmo frenético y con una técnica que vos necesitarías muchos años para obtener. Él, con una crestita bien peinada con gomina, su pequeña camisa y sus pantaloncitos, y sus zapatillitas. Ella, con una camisetita blanca y un tutú rosa, unas zapatillas y el pelo recogido en una coleta alta. Danzan sin parar, y al acabar la canción, el pequeño hombrecito invita a un baile a otra amiga de aficiones, y en un momento dado coge con sus piernitas una de las piernas de la pequeña mujercita y las zarandea haciendo un círculo. La mira con todo el amor que sólo los niños pueden expresar, y unos adultos los miran con ternura. En los camareros y en el divertido DJ. Y en millones de detalles más que se me escapan, y en muchas sensaciones que sólo puede entender quien ama el baile como lo hago yo. Y toda esa felicidad, en un sólo minuto, condensadas y atesoradas en el fondo de mi corazón como uno de los mejores recuerdos de mi vida. De esos que cuando te sentís en la más profunda ruina recordás para sacar de allí fuerzas para seguir adelante y para pedirle a Dios que te dé unos minutos más de vida para poder bailar aunque sólo sea una canción más. Para poder sentir el embrujo del baile y de la música recorriendo tu cuerpo y haciendo vibrar tu alma. Sólo una vez más.

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